Con un especial recuerdo, con oraciones y un apremiante llamamiento por las poblaciones
de Haití, asoladas por tres huracanes, Benedicto XVI encomendó ayer a la Madre de
Dios a todas las madres del mundo durante la visita pastoral que realizó a la isla
italiana de Cerdeña
Lunes, 08 sep (RV).- Ayer, durante la visita pastoral que el
Pontífice realizó a Cerdeña, con motivo del centenario de la proclamación de la Virgen
de Bonaria como Patrona especial de toda esta isla italiana, el Papa renovó la consagración
de todos los sardos a María Santísima.
A su llegada a Cagliari, alrededor de
las nueve y media de la mañana, el Santo Padre fue acogido en el aeropuerto de Elmas,
por el arzobispo de esta diócesis, Mons. Giuseppe Mani; por el primer ministro de
Italia, Silvio Berlusconi, y otras autoridades civiles y religiosas.
El
breve pero intenso programa de esta visita pastoral de Benedicto XVI – la undécima
de su pontificado a una diócesis italiana – prosiguió por la tarde con un encuentro
con los sacerdotes, los seminaristas y la comunidad de la Pontificia Facultad Teológica
de Cerdeña, en la Catedral de Cagliari. Y culminó con el esperado encuentro con los
jóvenes, en la plaza Yenne, antes de regresar al aeropuerto romano de Ciampino poco
después de las siete y media de la tarde.
Después de la solemne celebración
eucarística, en la explanada del Santuario de Nuestra Señora de Bonaria, Benedicto
XVI evocó a sus predecesores, dirigiendo la mirada a la ‘dulce Reina de los sardos’
con las siguientes palabras:
“A María hemos querido renovar hoy la consagración
de la ciudad de Cagliari, de Cerdeña y de cada uno de sus habitantes. Que la Virgen
Santa siga velando sobre todos, para que el patrimonio de los valores evangélicos
se transmita íntegramente a las nuevas generaciones. Y para que Cristo reine en las
familias, en las comunidades y en los distintos ámbitos de la sociedad. Que la Virgen
proteja en particular, en este momento a cuantos más necesitan de su intervención
maternal: a los niños y a los jóvenes, a los ancianos y a las familias, a los enfermos
y a todos los que sufren”.
Después de hacer hincapié en la celebración de
la Natividad de María, el Santo Padre reiteró ayer que es un evento y etapa fundamental
para la Familia de Nazareth, cuna de nuestra redención. Evento que nos abraza a todos,
porque todo don que Dios ha concedido a María – Madre – lo ha hecho pensando en cada
uno de nosotros, sus hijos. Y añadió: “Por ello, con inmensa gratitud, pidamos a María,
Madre del Verbo encarnado y Madre nuestra, que proteja a todas las mamás terrenales.
A las que junto con su marido educan a los hijos en un contexto familiar armonioso
y a las que, por tantos motivos, se encuentran solas, afrontando una tarea tan ardua”.
Y
con el anhelo de que todas las mamás del mundo puedan desarrollar con dedicación y
fidelidad su servicio diario en la familia en la Iglesia y en la sociedad, e invocando
para todas ellas el amparo y la esperanza de la Virgen, Benedicto XVI encomendó a
María a todos los haitianos, con un apremiante llamamiento:
“Ante la mirada
de María quiero recordar a las queridas poblaciones de Haití, duramente probadas en
días pasados por el paso de tres huracanes. Rezo por las víctimas, lamentablemente
numerosas, y por los sin techo. Con mi cercanía espiritual a toda la nación expreso
el anhelo de que lleguen lo antes posible las ayudas necesarias. Encomiendo a todos
a la maternal protección de Nuestra Señora de Bonaria”.
“El espectáculo más
hermoso que un pueblo puede ofrecer es la manifestación de la fe que lo anima”. Con
estas palabras de admiración Benedicto XVI comenzó ayer la homilía de la misa que
concelebró por la mañana en la explanada ante el santuario de Nuestra Señora de Bonaria,
con ocasión del centenario de su proclamación como Principal Patrona de la isla de
Cerdeña. El Papa dio las gracias a los más de 100 mil fieles congregados por la acogida
con que Cagliari y toda la isla de Cerdeña lo recibieron.
El Santo Padre dedicó
su larga alocución al fervor que el pueblo sardo ha tenido siempre por la Virgen desde
el inicio de su historia y al papel que María ha desempeñado en la historia de la
salvación, y en el designio salvífico de Dios.
Asimismo cabe destacar que
antes de iniciar la misa, Benedicto XVI saludó brevemente a un grupo de enfermos y
también a un grupo de abuelos centenarios, símbolo de la famosa longevidad de la que
gozan los habitantes de la isla sarda. Además, con especial emoción vibraron los corazones
de los numerosos fieles presentes en esta celebración, cuando se escucharon las palabras
del Acto de Consagración pronunciadas por Benedicto XVI.
“Dulcísima Madre de
Jesús y Madre Nuestra, hace cien años los sardos quisieron proclamarte Patrona Máxima
de su isla: hoy después de uno de los siglos más difíciles de la historia, estamos
ante ti para agradecer tu constante protección y confirmarte nuestra total confianza,
proclamándote una vez más Patrona Máxima de la tierra de Cerdeña.
Queremos
encomendarte a las familias de esta isla: demasiados divorcios, muchas separaciones.
Escucha, oh Madre, el sufrimiento de los hijos que reclaman una familia unida que
los eduque al amor. Mira a todas las familias probadas por las dificultades, el sufrimiento
y la pobreza. Para todos obtén un suplemento de amor.
Virgen, llegada del
mar, mira a los jóvenes de esta tierra. Sé tú su defensa y amparo. Su educación, está
a menudo fuertemente en peligro y a menudo están tentados por la droga y las diversiones
alienantes. Obtén oh María a todos los adultos un suplemento de responsabilidad, para
que cada uno se sienta educador.
Mira, oh Reina de Bonaria, las necesidades
de los hermanos y hermanas que, escuchando la llamada de tu Hijo, consagran toda
su vida a la causa del Evangelio. Concédenos numerosas vocaciones para que toda comunidad
tenga su Pastor, y los religiosos y los Santos testimonien en medio del pueblo lo
absoluto del Evangelio.
Ante tu presencia, oh Madre, confesamos nuestra pobreza:
obtén para nosotros el don de una fe fuerte que se vuelva oración, impulsa nuestra
vida cristiana para que sea más auténtica y ardiente. Dona a la Iglesia que está en
Cerdeña la gracia de la santidad para que Jesús, su Esposo, pueda complacerse con
ella, encontrándola sin arruga y sin mancha”.